“Habrá
que esperar que pase la adolescencia”, es uno de los argumentos más
recurrentes, que esgrimen algunos padres, para resignarse, sin culpa, ante la
actitud de sus hijos adolescentes. Considerar que la adolescencia es como una
enfermedad que finalmente se cura con la edad es una de las causas que llevan,
y no en pocos casos, a la ruptura de la relación entre padres e hijos, a una
ruptura irremontable, que ni el tiempo podrá sanar. La expectativa de que
“cuando se le quite la adolescencia” todo volverá a ser como antes, cuando aún
era un niño o niña, es, estimados padres, totalmente falsa: una adolescencia
mal llevada por los padres sólo genera distancia, resentimiento y desconfianza.
Tales sentimientos provienen del no sentirse comprendidos, escuchados, por una
parte, y de sentirse restringidos en la natural necesidad de libertad que la
adolescencia exige a modo de diferenciarse de los padres, en busca de una
identidad propia. Pero la búsqueda de esa identidad no es fácil, es
contradictoria y cambiante: por una parte, el adolescente quiere ser diferente
y, por otra, pertenecer a alguna “manada” que no sea su hogar. El ser
diferente, lo manifestará frente a los padres a través de una natural rebeldía
y su necesidad de pertenecer, producto de la inmensa soledad que experimenta al
intentar desarraigarse de sus progenitores, le llevará a buscar algún referente
que lo identifique, al cual pertenecer y ser aceptado.
En
consecuencia, y es lo que trabajo en mi Consulta, el rol de los padres durante
la dolorosa travesía que deben hacer todos los adolescentes, debiera enfocarse
en ambos planos y en paralelo: El manejo de la natural rebeldía y en la
orientación anónima hacia grupos de referencia valoricamente positivos. Pero,
no es fácil, requiere asumir ciertas actitudes, a las cuales muchos padres se
resisten inconscientemente, ya sea por herencia cultural o simplemente por
miedo a perder el control de una supuesta autoridad que se les escapa de las
manos, y en mi experiencia, donde se evidencian los miedos que se han
arrastrado por décadas y que siempre se encubren con algún argumento razonable.
Acentuar
la rigidez, en normas y conductas, o desentenderse hasta que pase la “enfermedad”
de la adolescencia, son los peores caminos, en el entendido de que nunca debe
perderse el vínculo afectivo, donde nunca debe haber espacio para el
resentimiento. La rebeldía de los hijos no se soluciona nunca con más reglas,
ya que éstas mismas sirven de aliciente para burlarlas con más ahínco, más aún
cuando ven que eso irrita a los padres. La rebeldía no se ahoga, se conduce,
con amor y con sabiduría. De no ser así, usted estará perdiendo el control de
la educación de sus hijos, dejándolos a merced de la influencia de otros
adolescentes que, ojalá, no estén en la dinámica de borrarse con alcohol o con
drogas o en una abierta espiral de agresividad que le conduciría a la
delincuencia. El mejor control está radicado en el amor, en escuchar, en
compartir, en una real garantía de que “nunca seré rechazado por mis padres,
aunque sea diferente a ellos”. Cuando el adolescente siente que el costo de ser
diferente es el rechazo, tenderá a acentuar la rebeldía a fin de poner a prueba
del amor de sus padres, entrando en una espiral de confrontación que no tiene
límites. Muchos jóvenes manifiestan este sentimiento en mi Consulta, y llenos
de dolor dicen odiar, secretamente, a sus padres. Quieren vivir fuera de casa,
pero están atrapados por lo económico y otros, permanecen en casa hasta los
treinta años en una suerte de venganza, utilizando lo que sienten más
vulnerables en sus padres: el dinero, del cual han escuchado quejarse desde que
son niños.
Si los adolescentes supieran lo que
les pasa, si entendieran el proceso interno que transitan, si supieran los
estragos que las hormonas están produciendo en ese período turbulento de la
existencia humana, simplemente, no serían adolescentes.
Se
equivocan plenamente aquellos que creen que la adolescencia es una enfermedad
de los hijos que hay que sortear, dejando pasar los años, sin asumir que ese
adolescente llegó a ser lo que está siendo porque tuvo una determinada
infancia, que su adolescer no es un ataque repentino, sino la consecuencia de
una educación previa. Sin duda, es complicado llevarlos a través de esa delgada
línea en que la libertad no se confunda con la indiferencia ni el control con
la represión.
Menos
perdón tienen aquellos padres que se escudan en esa frase “mi hijo me salió
así”, como diciendo que viene con falla de fabricación de la cual no es
responsable, argumento contrario al que usaba cuando orgullosamente se
vanagloriaba que su pequeño hijo o hija se le parecían. Obviamente, cuando no
se sabe qué hacer, es mejor echarle la culpa al destino, al carácter, e incluso
a una voluntad divina.
Guiar
a un adolescente, en amor y sabiduría es una de las tareas más maravillosas que
puede asumir un ser humano y, para ello, hay que capacitarse. No basta con las
buenas intenciones, o con replicar un modelo que le parezca eficaz, no basta
con amarlos. Desde mi experiencia, trabajando con Padres en la Consulta, se
apunta a prevenir, desamores, resentimientos, rupturas, y pongo especial
énfasis en tres premisas iniciales:
1
Cada adolescente es único y está legítimamente buscando su identidad. Reclama
el derecho natural a equivocarse, a experimentar.
2
Cada padre o madre, deben abandonar la idea de clonar al hijo(a). Por el
contrario, deben tener la inteligencia para potenciarlo desde lo que es y no
desde lo que, según ellos, debiera ser. Orientación vs imposición.
3
Cada adolescente tiene una determinada tipología de personalidad, habitualmente
diferente a la del padre o la madre y por ello, es necesario capacitarse para
comprender cómo interactúan dichas tipologías, a fin de acompañarles en ese duro
proceso llamado adolescencia.
Sobre este particular, usted podrá encontrar más
en mi libro “Eneagrama ECO”, la tercera parte de la Trilogía Sufrir de Más (Librerías
y también en Amazon)
Finalmente,
nunca olvide lo que vivió cuando fue adolescente, no olvide su pasado, para que
pueda construir el futuro.
Si
desea armar un Grupo de Padres y Madres, pueden solicitar un Taller en
“Contacto” de esta web www.caminodeleco.com
jaimelarrain@outlook.cl
Es uno de los escritos con más sentido que he leído en mi vida, como madre de dos adolescentes (varones) y un pequeño de 12 que también llegará a esta etapa y me siento 100% identificada con muchas de las cosas que en él dice y además me hace darle un sentido mucho más fuerte al camino que quiero,siento y debiera seguir. GRACIAS
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